Seis pensamientos acerca de la orientación para la vida

Seis pensamientos acerca de la orientación para la vida

por Linda Morrison

 

Hace poco revisé mi currículo, y añadí «orientadora para la vida». Uno de los aspectos que más disfruto de mi labor como orientadora es cuando mi cliente tiene ese momento de sorpresa dibujado en el rostro; ese momento cuando descubre los pasos que debe dar para ver cambios en su vida. Como orientadora, no debo darle las respuestas a mis clientes. Ellos mismos deben descubrir las respuestas a medida que el orientador lo desafía con las preguntas esenciales.

Muchas de las mujeres con las que he tratado, cuando responden las preguntas, arrogan ciertos derechos. En estos casos considero necesario replantear el asunto.

Como líder en la iglesia de hoy, he observado que esta actitud de arrogancia se manifiesta tanto en nosotras mismas como líderes y en las demás mujeres. Cuando reclamamos en vez de pedir, estamos asumiendo una posición de superioridad, una posición inadecuada desde la cual esencialmente decimos: «Yo merezco ciertos privilegios».

Cuando estudiaba en Zion Bible Institute, hoy Northpoint Bible College, uno de mis mayores sueños era ser parte del coro itinerante. Finalmente, recibí una tarjeta postal del director del coro del instituto. El mensaje simplemente era: «Has sido escogida». Yo estaba fascinada. Había sido parte del coro de la universidad y había cantado solos en los años anteriores. Sin embargo, no me sentía merecedora de pertenecer al coro itinerante. Más bien, solo tenía el deseo de ser parte de él — y me sentí honrada de que me hubieran escogido.

Al finalizar el año escolar, cuando nos preparábamos para una gira de dos semanas, se nos pidió que leyéramos El Camino del Calvario por Roy Hession. Hubo dos palabras de ese libro que reiteramos durante ese viaje: «¡Sin derechos!». En un bus con unos cuantos estudiantes, no había tiempo para que se tuviera en cuenta lo que cada uno consideraba como su derecho. Nunca olvidaré esa lección.

¿Acaso Jesús no enseñó lo mismo? En Mateo 20, la madre de los hijos de Zebedeo vino ante Jesús con sus dos hijos, alabando a Dios, pero al mismo tiempo, con el deseo de recibir algo de Él. Ella quería que, en el Reino, sus hijos se sentaran uno a cada lado de Jesús. ¿Verdad que cualquier madre querría algo así? Jesús le respondió: «¡No sabes lo que estás pidiendo!» Los demás diez discípulos se indignaron.

Jesús los reunió y les dijo: «Ustedes saben que los gobernantes de este mundo tratan a su pueblo con prepotencia y los funcionarios hacen alarde de su autoridad frente a los súbditos. Pero entre ustedes será diferente. El que quiera ser líder entre ustedes deberá ser sirviente…» (Marcos 10:42-43, NTV).

En este pasaje encontramos seis principios que debemos considerar cuando guiamos, ofrecemos mentoría, u orientamos a alguien que tiene la inclinación a arrogar sus derechos:

  1. Debemos saber que las personas generalmente no saben lo que piden (tal como Jesús le respondió a la madre de los hijos de Zebedeo). Si eres líder, las personas a quienes lideras tal vez no se dan cuenta de la carga que ellos pueden ser para un líder. Cuando una persona exige, generalmente lo hace por un profundo temor. Tal vez piensan que defraudarán a alguien si no convencen a las personas de que les den lo que quieren. Posiblemente lo que expresan como su propio deseo en realidad es la exigencia de otra persona.

  2. Debemos descubrir la raíz de su inseguridad. Esa persona necesita que se la admire constantemente. Todos conocemos por lo menos a una persona que constantemente da un trato despectivo a otros para sentirse bien. O, a alguien que siempre menciona el nombre de personas importantes que conoce. A pesar de que muchas son salvas y conocen el amor de Cristo que lo llevó a la cruz para morir por sus pecados, realmente todavía no entienden el amor de Dios y que nuestra seguridad está en Él. Puede ser que esto se deba a la falta de amor en su vida o a la imagen distorsionada del amor de un padre terrenal.

  3. Debemos reconocer de dónde vienen todas las cosas. ¿Cuál es la Fuente de todas las bendiciones? ¿De dónde viene la ayuda que pedimos? «Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto, donde está el Padre que creó las lumbreras celestes, y que no cambia como los astros ni se mueve como las sombras» (Santiago 1:17, NVI). Todo lo que recibimos de Dios es un favor, no un derecho. Guía a las personas que diriges a la Fuente de todos nuestros dones.

  4. Debemos estar conscientes de que nuestra cultura actual promueve el egoísmo. Fuimos llamadas a salir y a separarnos. El mundo, a través de sus anuncios publicitarios, nos dice que necesitamos cierto artículo o que debemos tener esto o aquello para ser como los demás. La mayoría de nosotras quisiéramos sentirnos superiores. No queremos sentirnos «menos que». Nuestra nueva expresión para el día es «yo merezco». Nosotras, como hermanas, debemos mostrarle al mundo que la felicidad no se encuentra en la última moda o en el nuevo estilo. La verdadera felicidad está en conocer a Aquel que se despojó de todo para darnos vida eterna, y no solo una satisfacción momentánea.

  5. Debemos reconocer cuando alguien quiere manipular. Habrá ocasiones en que alguien esperará que le hagamos algún favor o querrá recibir de nosotros algo para su propio beneficio y provecho. Es posible que lo reconozcamos o que no nos demos cuenta de ello. Tal vez recurran al sentimiento de culpa o a la compasión, aprovechando nuestra sensibilidad espiritual con el fin de presionarnos a satisfacer sus necesidades o deseos. Debemos estar alerta y con toda amabilidad reafirmar nuestro amor y deseo de ayudar, y también nuestra confianza en la habilidad que cada ser humano tiene de solucionar sus propios problemas. A nosotras, las mujeres, nos gusta apoyar a las personas. A la mayoría no nos gusta las situaciones de conflicto, pero hay momentos en que no debemos permitir que otros abusen de la ayuda que les ofrecemos.

  6. Debemos saber de que hemos sido llamadas a servir. Nuestra meta no es «nuestra» notoriedad, sino glorificar a Cristo. En la atmósfera de humildad, late un corazón de servicio. Este no es un menaje popular en nuestros días, pero Cristo promete que encontraremos satisfacción si damos de nosotros mismas para servir a otros.

Mi tía, que vivió hasta su avanzada ancianidad, caminaba todos los días al hogar de reposo para alimentar a los pacientes. No hay mayor gozo que entregar de nosotras mismas para satisfacer las necesidades de otras personas. Cuando alguien sufre de depresión, la mejor atención que puede brindarse a sí misma es atender las necesidades de otra persona. La sanidad ocurrirá mientras ayudamos a otros. Nuestro pensamiento se enfoca en ellos y en sus necesidades, en vez de en nuestras propias dificultades.

La orientación que ofrecemos a otras personas nos llama primero a examinar nuestra propia vida, y después, a ayudar a otros a entender qué es la verdadera libertad: renunciar a los derechos que supuestamente tenemos, ceder el control, y dejar que Dios obre en nuestra vida.